La escritura encuentra un camino

 

Pilar Quintana

 

Mi cabeza está llena de ideas que podrían convertirse en cuentos o novelas. Siempre estoy pensando más de una, dándoles vueltas, imaginando sus posibilidades. Hago anotaciones en libretas. Tengo libretas llenas de premisas, planteamientos, personajes, universos, escaletas… Hago investigaciones en Google y en la vida. Dibujo diagramas y desarrollo cronologías detalladas.

Al tiempo que trabajo mentalmente en las muchas ideas, siempre estoy concentrada escribiendo una, la que está más elaborada, la que en algún punto llegó a tener personajes y universos que parecen potables y una escaleta que por lo menos en abstracto se ve sólida. La escaleta es la serie de acciones narrativas que deben cumplirse para que ocurra la historia.

Cuando digo que estoy concentrada escribiendo, quiero decir escribiendo párrafos a mano en una libreta dedicada a esa sola historia, en el bloc de notas de mi teléfono o en mi computador. Ensayo la voz narrativa, intento dar con el tono, trato de insuflarles realidad a los personajes, de erigir un universo que parezca verdadero, de llegar a la escena donde por fin todo se me revela y cobra sentido.

La mayoría de las veces esto no ocurre. La mayoría de las veces la historia en la que trabajo no cuaja. Puedo escribir treinta páginas o doscientas. Puedo durar dos años trabajando. Y un día, de repente, frente a mis ojos, el universo se rompe en pedacitos como si fuera un panel de vidrio; al personaje se le ven las costuras, el relleno de algodón; la historia se estanca, resulta absurda, no dice nada, ya no me mueve o me doy cuenta de que podría ser espléndida, pero no contada por mí, de que ese tipo de historia es para otro escritor, alguien como Kurt Vonnegut o John le Carré.

Así que el destino más probable de casi todo lo que escribo es la basura. Después de veinte años de carrera lo tengo claro y me pongo a trabajar con esa conciencia. No hace más fácil la escritura, pero me evita dramas.

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Siempre es un triunfo cuando una historia cuaja, cuando está claro que —bien o mal— la llevaré hasta el final.

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Soy una escritora lenta. Las palabras salen a cuentagotas. Me puedo demorar una semana en una página, dos días en un párrafo.

Es igual si la idea es de las que van a cuajar o de las que voy a botar.

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Aunque soy lenta, en otro sentido escribir es para mí como correr.

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La distancia más larga que he corrido de un tirón son catorce kilómetros. Me parece que escribiendo un cuento sufro como cuando corro diez kilómetros y que una novela es como entrenar para una maratón y luego correrla.

Un amigo que corre triatlones, pero no es escritor, sino lector, dice que escribir una novela es muchísimo más difícil que correr una triatlón.

Cuando corro, sean tres kilómetros o catorce, sufro de principio a fin. Todo el tiempo estoy pensando “Yo para qué me metí en esto”, “Lo voy a dejar ya” o “Estoy a punto de caer muerta”. Solo al final de la carrera siento satisfacción y me parece que soy la atleta más consumada de todos los tiempos jamás.

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Escribir representa para mí tal esfuerzo que desde hace un tiempo prefiero decir que no a los encargos —los artículos, las columnas de opinión— y dedicarme solo a lo que considero mi obra: las novelas, los cuentos, los guiones de cine, las obras de teatro, lo que escribiría aun si no me pagaran.

En estos tiempos, para ganar el dinero que necesito para vivir, antes que escribir, prefiero enseñar: dar talleres, clínicas y asesorías de escritura creativa.

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Yo tenía rituales de escritura.

La casa debía estar limpia y ordenada. Todo en silencio. Los habitantes dormidos.

Escribía a mano en hojas recicladas tamaño carta dobladas por la mitad con un tipo letra que solo yo entendía, pero me salía rápido. Eso para el primer borrador.

Escribía el segundo borrador en un cuaderno rayado marca Norma de los que se usan en primaria, también a mano, pero con otro tipo de letra, una más grande y separada que resultaba legible para cualquiera.

El lapicero era un micropunta Pelikan preferiblemente de tinta negra, aunque podía resignarme a usar azul.

Luego lo pasaba todo al computador, en Word, a doble espacio, con fuente Times New Roman tamaño 12. Y ese era el tercer borrador.

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Eso hasta que tuve un hijo.

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Luego de que tuve un hijo escribí una novela en el celular.

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Estaba embarazada cuando empecé a trabajar esa novela creyendo que se trataba de un cuento. Tuve algunos viajes de trabajo y en los aviones me dediqué a hacer la escaleta.

Me gusta trabajar en los aviones. No hay internet y de entrada miro con cara de pocos amigos a mi vecino de puesto para que no se le vaya a ocurrir hablarme.

Recuerdo que la escaleta final tenía veintipico acciones narrativas. Un cuento de veintipico páginas, pensé.

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Mi hijo nació y aquella escaleta quedó relegada.

Escribí un par de cuentos cortos cuyas escaletas también había trabajado en los aviones. Hay una foto que tomó mi esposo. Nuestro cuarto a oscuras, iluminado solo por el resplandor del portátil, y yo frente a la pantalla, muy concentrada, con un pequeño bebé en una bandolera que me atravesaba el pecho.

También planeé y dicté un taller de escritura creativa. Pero en esa época, sobre todo, fui mamá: di teta, cambié pañales, limpié vómitos, me acurruqué en la cama durante horas y horas con un ser humano en miniatura.

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Un día volví a la escaleta que había dejado relegada y la pasé a otra libreta. En el proceso algunas acciones narrativas se convirtieron en párrafos y pude vislumbrar un tono, la naturaleza de la narradora, la índole del personaje, el universo como si fuera orgánico…

Habría podido seguir y no parar hasta terminarla. Olvidarme del mundo. Sumergirme en otro que no existía sino en las palabras. Pero ahí estaba ese hijo que me necesitaba, y tuve que dejarla.

Ahora mi bebé tenía ocho meses. Pasaba más tiempo despierto, gateaba, se erguía apoyado en los muebles: requería mi atención permanente.

La escaleta, sin embargo, se resistía a ser abandonada. Ocupaba mi mente. Cada vez que entraba al estudio y veía la libreta cerrada sobre el escritorio, me parecía que, atrapada ahí adentro, la escaleta me gritaba “¡Por favor, rescatame y escribime!”

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Ahora mi casa nunca estaba limpia ni ordenada. No había silencio. Nadie dormía: mi bebé aún tomaba teta y por las noches se despertaba cada dos o tres horas.

Ni modo de escribir a mano. Me arrancaría el lapicero, me arrancaría las hojas, me arrancaría el cuaderno y se lo comería. Ni modo de escribir en el computador. Ya no cabía en la bandolera, ya no se quedaba quieto, babearía el teclado, hundiría las teclas, golpearía la pantalla con sus juguetes.

Si por un milagro se distraía con otra cosa que no fuera yo, era solo por un par de minutos, que no me alcanzaban ni para elaborar una frase. Y, si esos minutos llegaban a extenderse y yo lograba escribir algo más que una frase, entonces era mejor que me preocupara, porque era seguro que mi bebé había encontrado algo para meterse en la boca, estaba decorando la sala con la tierra de las materas o jugaba con el agua del inodoro.

Durante el día hacía una siesta de dos horas. Para quedarse dormido necesitaba estar pegado a mi teta. Cuando se profundizaba, me soltaba y yo podía alejarme un poco de su cuerpo, solo un poco, nunca tanto como para irme de la cama y sentarme en el computador.

Pero —se me ocurrió— sí que podría quedarme acostada junto a él y escribir en el teléfono.

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Cuatro meses después, escribiendo dos horas al día en el teléfono mientras mi hijo hacía la siesta, terminé el primer borrador.

Pasé las páginas del bloc de notas a mi computador y les puse mi formato preferido, ahora con fuente Georgia.

Hacía poco un amigo escritor, que también es lento, me había dicho que con ese tipo de letra la escritura le estaba saliendo más rápido que con Times New Roman.

“Haberlo sabido antes”, me dije.

El documento quedó de setenta y dos páginas. Lejos de las veintipico que había prefigurado en la escaleta. Yo sabía que al texto le faltaba trabajo y entonces me di cuenta de que no era un cuento.

¡Había escrito una novela!

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A menudo me pregunto cómo escriben las mujeres que tienen más hijos o menos privilegios que yo.

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En 2019 participé como tutora en el Women’s Creative Mentorship Program, un programa de tutorías para escritoras del International Writing Program de la Universidad de Iowa, la primera universidad del hemisferio occidental en abrir un taller de escritura creativa y hoy muy conocida por los espacios que ofrece para escritores.

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Yijhan es del Chocó y trabaja como profesora universitaria en Quibdó. Tiene cuatro hijos. Dos adolescentes, una de ellas con autismo, y unos mellizos de la edad de mi hijo cuando escribí la novela en el teléfono. ¡Mellizos!

En la mitad de la tutoría, su marido se fracturó el codo y le tuvieron que hacer una cirugía importante cuya recuperación tomó meses.

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La imagino frente al computador con un monigote trepando por su pierna, otro ya en su cabeza, el marido detrás con el brazo enyesado y medio torso inmovilizado tratando de cocinar con una sola mano, las hijas adolescentes a cada rato quejándose de algo, zapateando, alegando, y ella con los ojos fijos en la pantalla intentando neutralizar el mundo de afuera para poder concentrarse.

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Paula es bogotana, una madre soltera en la gran ciudad. Durante la tutoría tenía un trabajo de oficina. Su ex marido maltratador no es puntual con la pensión alimentaria ni con la parte de la custodia que le corresponde, y ella tiene que bandearse y proveerse sola.

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La imagino de pie en la calle, muy temprano, mientras espera con su hijo la ruta que lo llevará al colegio, con la mirada en un punto distante, pensando. En su bicicleta, mascullando las ideas, al tiempo que pedalea hacia el trabajo. En el carro. En la oficina tecleando a toda velocidad mientras cuida su espalda para que no la pille el jefe. Volviendo de noche al escrito, cansada, mientras su niño duerme. En los viajes de trabajo, un ratico en los aviones, en los hoteles, en los aeropuertos y los restaurantes.

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Yijhan y Paula fueron mis pupilas en el Women’s Creative Mentorship Program.

Durante los seis meses que trabajamos juntas, Yijhan entregó 116 páginas y Paula entre 140 y 145.

Yijhan y Paula son mis héroes.

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Hace unos años, como asesora de un proyecto del Ministerio de Cultura, visité las ferias regionales del libro buscando entender cuál era el estado de la escritura creativa en el país.

En esos viajes, entre otras cosas, aprendí que en Colombia más mujeres se preparan como escritoras que hombres como escritores: más mujeres cursan el pregrado en creación literaria, las maestrías, las especializaciones, los diplomados, los talleres…

Una podría pensar que en Colombia hay más escritoras que escritores. No es así. El número de hombres que al año publican libros en Colombia es desproporcionadamente mayor que el de mujeres.

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A menudo me pregunto por qué las mujeres que se preparan para ser escritoras no llegan a publicar, qué hace que se pierdan por el camino.

¿Es porque las discriminan? ¿Porque el machismo literario todavía es muy fuerte? ¿Porque ellas le dan prioridad a otra cosa, como una carrera más segura y rentable? ¿Porque no pueden darle prioridad a la escritura? ¿Porque tienen hijos y no encuentran una habitación propia para escribir?

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Estoy segura de que, si no hubiera sido por el Women’s Creative Mentorship Program, Yijhan y Paula no hubieran escrito tantas páginas.

Es probable, incluso, que no hubieran escrito ninguna.

Por eso creo en la discriminación positiva y en las residencias para escritores.

Son habitaciones propias en las que se logra escribir.

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Un amigo, que es director de cine, una vez me dijo que él creía que la incomodidad favorecía el trabajo creativo, esto era, que al artista le hacía bien crear en un ambiente desfavorable.

En Colombia tenemos un dicho: “Maluco también es bueno”.

Yo no estoy tan segura. No creo que por estar incómodas vayamos a escribir más o mejor.

Pero sí creo que los impedimentos ponen a prueba la escritura y que la mejor escritura —la verdadera, la necesaria— es la que se sobrepone a todo y brota incluso en las condiciones más adversas: con dos monigotes trepados encima de una, con la sensación de estar robándole horas al trabajo que paga las cuentas, con cansancio, con frío, con miedo, con dudas, con un bebé en la teta.

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Si una tiene rituales de escritura es solo porque puede darse el lujo de tenerlos.

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Hay una escena de Jurassic Park que se me quedó grabada cuando, veinteañera, la vi por primera vez.

El parque todavía no abre al público y llegan unos inspectores que deberán dar su aprobación. Los creadores tratan de convencerlos de que es un lugar seguro. Los dinosaurios no podrán reproducirse, aseguran, pues el equipo científico ha conseguido manipularlos genéticamente para que todos sean hembras.

Uno de los inspectores, interpretado por el actor Jeff Goldblum, se muestra incrédulo:

“Si hay una cosa que la historia de la evolución nos ha enseñado”, dice, “es que la vida no puede ser contenida. La vida se libera. Se expande a nuevos territorios y cruza barreras, de formas dolorosas, tal vez incluso peligrosas”.

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Cuando me piden un consejo para escritores aspirantes, pienso en esa escena y doy uno impopular: que la dejen, que se dediquen a otra cosa, que la escritura es una profesión difícil e ingrata y solo unos pocos llegan a vivir de ella, que si pueden ser felices como ingenieros o haciendo tortillas mejor se pongan en ello.

Es impopular, pero yo creo que es el mejor consejo jamás.

Una se hace escritora en contra de lo que le dicta la propia lógica, de los deseos de los padres, de las advertencias de los mayores, de las consecuencias que pueda traer, del consejo de otro escritor.

Un escritor que se deja convencer de no ser escritor en realidad no es un escritor.

El inspector de Jurassic Park interpretado por Jeff Goldblum, para rematar, dice: “Simplemente estoy diciendo que la vida encuentra un camino”.

Mi yo veinteañera se aprendió de memoria esa cita porque sabía que un día la parafrasearía. Y aquí va:

Simplemente estoy diciendo que la escritura encuentra un camino.

Pero qué necesaria es la habitación propia.

 

Nota de la autora: Este artículo, originalmente titulado “Escribir con un bebé en la teta”, fue escrito para narrar mi experiencia como tutora en el Women’s Creative Mentorship Program. Esta es una versión actualizada para la página web de la residencia literaria Monteficción. Agradezco a mis anfitriones, Lucía y Germán, haberme alimentado y dado con tanta generosidad una habitación propia durante siete días. En ellos, sin mi monigote trepándoseme encima, conseguí escribir 20 páginas y correr 20 kilómetros.

2019. Monteficción.

La Vega - Cundinamarca. Colombia

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